El mayor riesgo es la soberbia de creer que el ciclo no se acaba
Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
Hace unos días escribí que el PAN no estaba muerto. No como consigna ni como nostalgia, sino como advertencia: en política los partidos no desaparecen por decreto, se debilitan por desconexión.
Hoy, paradójicamente, quien empieza a mostrar síntomas similares es Morena.
El problema no es el poder. Es la lectura que se hace de él.
Cuando la dirigente nacional de Morena, Luisa María Alcalde, afirma que su movimiento es “el más fuerte del mundo”, no describe una realidad: se convence de ella.
Y la política castiga con severidad a quienes confunden aplauso con respaldo, disciplina con unidad y lealtad con obediencia ciega.
Decir que Morena es fuerte porque hay “unidad interna” es optimista. Las fisuras existen, los grupos compiten y las diferencias se administran, no se resuelven.
Asegurar que cuenta con “el respaldo del pueblo” es una verdad automática: el apoyo social no es patrimonio eterno, menos cuando se sostiene más en programas sociales que en resultados.
Y hay una frase que revela más de lo que pretende: colocar a la presidenta Claudia Sheinbaum y al “presidente” Andrés Manuel López, como “los dos mejores ejemplos” del movimiento. No es unidad, es dependencia simbólica.
Restarle centralidad al poder en funciones para mantener vigente al poder pasado no fortalece al gobierno: lo condiciona.
A eso se suman decisiones y silencios que pesan.
Accidentes como el del Tren Interoceánico, posturas en apoyo a Venezuela (disfrazadas de neutralidad), reformas que diluyen contrapesos, y una narrativa que suele descalificar antes que explicar.
Todo eso, tarde o temprano, se refleja en los estados y en los municipios.
En Tamaulipas, por ejemplo, la inseguridad sigue siendo una deuda cotidiana; en las ciudades, la basura, el tránsito y la corrupción menor siguen marcando la vida diaria.
No es ideología: es experiencia urbana.
Morena no está derrotado. Pero tampoco es invulnerable. El mayor riesgo no es la oposición —que sigue atrapada en su propia irrelevancia—, sino la soberbia de creer que el ciclo no se acaba.
Las elecciones de 2026 y 2027 no se definirán por discursos épicos, sino por memoria.
Y cuando Morena cree que no puede perder, suele ser el momento exacto en que empieza a diluirse el contacto con la realidad.
