Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
El programa “Diálogos con Américo” sí informa y sí da a conocer la narrativa oficial del gobierno de Tamaulipas, pero no alcanza el estándar de transparencia ni de rendición de cuentas que hoy se exige a un poder público.
El diseño del espacio es claro: un formato institucional, controlado, sin fricción.
El gobernador explica, contextualiza, reflexiona y enlaza su proyecto político con conceptos amplios -humanismo, memoria histórica, bienestar, esperanza-, pero no es confrontado.
No hay contraste de datos, no hay contrapreguntas incómodas, no hay voces críticas que tensionen el discurso. Todo fluye… demasiado bien.
Eso no es ilegal ni inusual en la comunicación gubernamental, pero sí es revelador.
El programa se presenta como “diálogo abierto y plural”, cuando en la práctica es un monólogo acompañado, donde las preguntas ciudadanas seleccionadas refuerzan el relato y no lo cuestionan.
El resultado: una conversación de color uniforme -no rosa, más bien cercano al morado que a la pluralidad-.
Hay otro punto clave: se habla mucho de combatir la desinformación, de la “infodemia” y del valor de la información veraz, pero no se somete el propio discurso al mismo escrutinio que se exige a las redes sociales o al periodismo independiente.
Se critica el anonimato, pero no se abre el micrófono a la discrepancia identificable.
El programa cumple su propósito político, no necesariamente el democrático.
Sirve para posicionar visión, reforzar identidad, humanizar al gobernante y fijar agenda. Pero no transparenta conflictos, errores, pendientes ni contradicciones.
Informar no es lo mismo que rendir cuentas; comunicar no equivale a exponerse.
Y ahí está lo “curioso” -sin tantas comillas-: en un estado con problemas reales y documentados en seguridad, servicios, corrupción administrativa y desigualdad regional, no aparece una sola pregunta incómoda.
Eso no habla de una realidad perfecta, sino de un filtro eficaz.
