Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
En Ciudad Madero el tema no es si se paga o no se paga. Ese debate, en realidad, es humo. El laudo existe, el fallo está firme y la deuda —como esas verdades incómodas— no desaparece por votación de Cabildo. Se paga. Sí o sí. Lo demás es escenografía.
El problema es otro: quién controla la narrativa, quién se coloca del lado correcto de la historia y, sobre todo, quién logra salir limpio en medio de la tormenta.
En ese tablero apareció la voz del dirigente sindical del SUTSHA, Azael Portillo, intentando poner orden al caos.
En su discurso dice que el sindicato está a favor de una modalidad manejable, que lo importante es la estabilidad financiera del municipio y que no se debe politizar el tema.
Incluso desliza la sospecha, pero se detiene antes de nombrarla: “prefiero pensar que no”.
Y ahí está la clave: cuando alguien dice “prefiero pensar que no”, normalmente ya lo pensó… y ya lo olió.
En el ecosistema político maderense, nadie ignora que alrededor del sindicalismo también han girado históricamente negociaciones y privilegios.
El laudo no nació ayer. No surgió de la nada. Viene arrastrándose desde administraciones anteriores, como arrastran los municipios las deudas que nadie quiso tocar mientras no representaban costo político.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué antes no y ahora sí?
¿Por qué durante años el asunto pudo caminar lento, sin urgencias, sin estridencias, sin videos explicativos, sin llamados a la reflexión? ¿Qué cambió? ¿El monto? ¿La presión? ¿El escenario político? ¿La necesidad de ajustar cuentas internas?
La historia tamaulipeca está llena de estos episodios: obligaciones legales convertidas en armas políticas. Deudas que no se pagan por incapacidad… sino por conveniencia.
Y cuando el tema estalla, aparecen héroes espontáneos, villanos improvisados y discursos de “responsabilidad con la ciudadanía” como si la ciudadanía fuera un escudo, no una causa.
Hoy el SUTSHA busca cobrar lo que jurídicamente ganó. Eso es legítimo. Pero también busca algo más valioso: no quedar como el verdugo financiero del municipio. Y del otro lado, algunos regidores parecen haber descubierto tarde el gusto por la fiscalización, justo cuando el reflector encendió.
El riesgo es evidente: mientras el juego político sigue, la deuda no se evapora. Se acumula, se encarece y abre la puerta a embargos, intereses y una crisis que nadie podrá fingir que no vio venir.
En Madero no se discute un laudo. Se disputa el control de la culpa.
