La ciudadanía no es un cheque en blanco

Los gobiernos administran presupuestos, construyen obras, diseñan programas y emiten reglamentos. Pero desde siempre han intentado administrar algo mucho más complejo: las emociones colectivas.

La política ha entendido desde hace décadas que los símbolos tienen un poder que difícilmente alcanzan los discursos oficiales.

Un campeonato deportivo, una historia de superación, una celebración popular o incluso una anécdota inesperada pueden generar una conexión emocional más profunda que cualquier campaña institucional.

Por eso resulta frecuente observar cómo autoridades de todos los niveles buscan acercarse a aquello que despierta entusiasmo social. 

No se trata de un fenómeno exclusivo de un partido o de una administración. Ocurre en prácticamente todos los gobiernos.

El Mundial de fútbol ofrece un ejemplo particularmente visible. 

Gobernadores, alcaldes, dependencias y organismos públicos se apresuran a incorporarse a la conversación. Aparecen fotografías, eventos conmemorativos, activaciones, campañas y mensajes que intentan asociar la emoción colectiva con la presencia institucional.

La lógica parece sencilla: si la ciudadanía celebra algo, el poder busca estar cerca de esa celebración.

Sin embargo, algo parece haber cambiado.

Durante mucho tiempo la simple aparición junto a un símbolo exitoso podía traducirse en prestigio político. Bastaba compartir el escenario, aparecer en la fotografía correcta o vincularse con la historia adecuada para obtener parte del reconocimiento generado por otros.

Hoy esa transferencia ya no parece tan automática.

Las redes sociales han convertido a millones de ciudadanos en observadores permanentes de la comunicación política. 

Cada imagen es analizada, cuestionada, reinterpretada y sometida al juicio público en cuestión de minutos. Lo que antes podía pasar como un gesto espontáneo ahora suele ser observado también como una estrategia cuidadosamente calculada.

La gente sigue emocionándose. Sigue celebrando triunfos deportivos, historias familiares y episodios que despiertan empatía. Lo que parece haberse debilitado es la disposición a entregar esa emoción como un cheque en blanco.

Los símbolos conservan su fuerza. Lo que ha comenzado a desgastarse son las fórmulas utilizadas para apropiarse de ellos.

Las emociones colectivas continúan siendo auténticas. La sociedad, en cambio, parece cada vez menos dispuesta a confundirlas con propaganda.

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