La navidad detrás del disfraz

Eje Conurbado/Víctor Hugo Martínez

En esta temporada en la que los sentimientos —los buenos y los otros— quedan más expuestos, fui testigo de una escena mínima, pero profundamente humana: una muestra de empatía de Santa Claus hacia un niño.

Podría parecer algo normal. Al final, para eso existe el personaje. Pero el detalle va más allá del disfraz, de la barba blanca y del ritual aprendido.

Era casi de noche en Galerías Altama. Santa Claus terminaba su jornada después de horas posando para fotos, escuchando peticiones, repartiendo sonrisas a niños, padres, parejas y curiosos que encuentran en su figura un recuerdo emotivo de diciembre. El set que simula su hogar en el Polo Norte comenzaba a cerrarse: luces, esferas, cintas retráctiles. Los renos —bien resguardados— ya no volarían esa noche.

El hombre dentro del traje empezó a caminar, cansado, rumbo a la salida.

Entonces ocurrió.

Un niño, escondido detrás de su mamá, lo miraba con timidez. No decía nada. No obedecía el clásico “saluda a Santa”. Sólo observaba, como si quisiera asegurarse de que aquello era real. Santa lo vio. Se detuvo. No hubo llamado, ni foto, ni fila.

Extendió la mano y le pidió los “cinco”. Luego vino la “chócala”. Un gesto simple. Breve. Suficiente.

No hubo aplausos ni cámaras. Sólo un niño sonriendo y un adulto que, aun fuera de horario, decidió no romper la magia.

Ahí entendí por qué importa. Porque detrás del traje hay alguien que pudo seguir de largo, pero eligió quedarse un segundo más. Porque en un mundo apurado, ese segundo cuenta. Porque a veces la humanidad no está en los grandes discursos, sino en saber cuándo detenerse.

Santa siguió su camino. El niño también.

La Navidad, por una vez, no fue mercancía ni escenografía. Fue un gesto. Y eso basta.

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