Cuando terminar también es cumplir

Crónica/Víctor Hugo Martínez

En estos días posteriores a la Navidad y Año Nuevo, cuando el ruido baja y la prisa se repliega, aparecen escenas que casi nadie mira. En parques descansan pinos secos, abandonados con una naturalidad que sorprende. Árboles que hace unas semanas fueron centro de salas, testigos de cenas, cómplices de promesas y refugio de ilusiones envueltas en papel brillante.

No están ahí por descuido. Están ahí porque su tarea terminó.

Durante días —a veces semanas— sostuvieron luces, risas, silencios incómodos y abrazos que no siempre se dan el resto del año. 

Bajo su manto verde y olor se reconciliaron familias, se extrañó a quienes ya no están y se sembraron recuerdos que, sin saberlo, alguien llevará consigo toda la vida. No fueron decoración: fueron escenario.

Hoy, secos y sin ornamentos, regresan a la tierra sin aspavientos. No hay duelo ni nostalgia exagerada. Hay ciclo. Cumplieron. Tocaron corazones. Alimentaron historias ajenas. Y eso basta.

Tal vez por eso no resultan tristes. Al contrario. Hay algo profundamente sereno en verlos volver al origen, como quien se retira después de haber hecho lo suyo. Sin discursos, sin agradecimientos, sin ceremonia.

En tiempos donde todo se mide por utilidad inmediata, estos pinos recuerdan otra lógica: la de servir por un momento y desaparecer sin reclamar aplausos. 

La de dar sombra emocional aunque sea por una temporada. La de entender que no todo lo valioso es permanente.

Quizá por eso llaman la atención. Porque en su silencio dicen mucho más de lo que parece. Nos recuerdan que algunos ciclos no se rompen, se completan.

Y que hay historias —como la Navidad misma— que no necesitan durar para valer la pena.

Deja un comentario