La delgada línea de la percepción de seguridad en Tampico

Eje Sur, Víctor Hugo Martínez

La vida es, en buena medida, una suma de circunstancias. La política -y la administración pública- lo es todavía más.

No deja de ser significativo que el mismo día en que el INEGI publica la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana, donde Tampico vuelve a registrar un incremento en la percepción de inseguridad, se hayan registrado tres hechos delictivos.

No se trata de afirmar que los hechos confirman una estadística, sino de advertir cómo ciertos eventos terminan dialogando con una tendencia que no es nueva: cada diciembre, la percepción empeora.

La encuesta no habla de delitos específicos; habla de sensación. La actividad criminal de este viernes no define una tendencia, pero sí activa miedos ya existentes.

Y cuando ambos coinciden en el tiempo, la circunstancia se vuelve política.

La ENSU no mide la incidencia real de delitos. No cuenta carpetas. 

Lo que sí hace -y ahí está su potencia- es registrar la percepción ciudadana y la atestiguación cotidiana de conductas delictivas o antisociales: robos, asaltos, consumo de alcohol o drogas en la vía pública, pandillerismo. 

No son cifras judiciales; son señales. Y esas señales configuran el clima social.

En Tampico, ese clima muestra un patrón que se repite: no mejora la percepción, la empeora. El “brinco” negativo no es nuevo, pero sí consistente. 

La ciudad puede aparecer bien posicionada en comparativos nacionales, pero internamente el termómetro sube cuando la experiencia cotidiana contradice el discurso de tranquilidad.

Tras los hechos registrados el viernes, la alcaldesa Mónica Villarreal Anaya sostuvo que “se registraron tres hechos delictivos aislados y debidamente focalizados”, subrayando que no representan una tendencia y que Tampico se mantiene como una ciudad segura, al ubicarse incluso en el décimo lugar nacional en percepción de seguridad, según la propia ENSU.

El mensaje institucional es claro: contexto, no alarma. Sin embargo, ahí está la grieta. 

Porque la percepción no se construye con comunicados, sino con repetición. Un incidente puede ser aislado; tres también. Lo que no es aislado es la sensación de que estos episodios aparecen justo donde la estadística dice que la confianza es frágil.

La ENSU no valida ni desmiente a los gobiernos. Lo que hace es algo más incómodo: pone en la misma mesa al dato y a la calle. Y cuando ambos coinciden, aunque sea por un instante, el argumento se debilita.

Negar la violencia no es el problema. El riesgo está en minimizar el mensaje que deja la percepción. 

Porque el miedo no necesita tendencia para instalarse. Le basta con ser verosímil. Y en seguridad, lo verosímil siempre termina pesando más que lo estadístico.

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