Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
Nos vigilan, nos acechan, siempre están sobre nosotros, a la expectativa. Nos rodean.
Nos van siguiendo poco a poco y nuestro día a día gira en torno a sus trazos.
Siempre bajo el riesgo de que ocurra algo más allá de cumplir con su función.
Crecen desordenadamente aunque aparentan estar en orden. Nadie las controla, ni a ellas ni a sus dueños. Crecen de manera anárquica.
No, no se trata de drones ni de cámaras. Tampoco de una teoría conspirativa.
Se trata del cablerío.
Ese enjambre que cuelga de los postes como si la ciudad fuera un tendedero infinito. Cables de internet, telefonía, televisión, fibra óptica, líneas viejas que nadie retira, instalaciones improvisadas que se cruzan unas con otras como si compitieran por ver quién invade más el cielo.
Una telaraña que nadie diseñó, pero que todos alimentan.
Lo más absurdo es que cada empresa presume modernidad: “conectividad”, “alta velocidad”, “nuevas tecnologías”, “ciudades inteligentes”.
Pero la infraestructura real parece sacada de una colonia sin planeación: cables amarrados con cinchos, líneas reventadas, cajas colgantes, postes saturados, rollos abandonados como serpientes dormidas.
La modernidad en México llega… pero llega colgada.
Y llega sin reglas claras, sin supervisión, sin sanción. Porque en este país el espacio público es de todos, pero se lo apropia cualquiera.
Las compañías instalan, crecen, expanden, y el ciudadano termina caminando bajo un riesgo constante: un cable caído, un poste vencido, una descarga, un incendio, un accidente.
Nadie se hace responsable, porque todos son responsables.
El cablerío no es solo un problema estético. Es un síntoma. Es la evidencia visible de cómo funciona la autoridad: tolera el caos mientras no estalle. Administra el desorden mientras no se vuelva noticia.
Y cuando se vuelve noticia, promete “revisar”.
Mientras tanto, la ciudad se acostumbra a vivir bajo esa sombra, como si fuera normal que el cielo sea propiedad privada.
Y entonces la pregunta no es quién lo instaló.
La pregunta es más simple y más dura: ¿quién podrá controlar a esta medusa electrónica antes de que termine por estrangular la calle?.
