Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
El otro día alguien me contó algo que, de tan sencillo, terminó siendo una de esas conversaciones que se quedan dando vueltas en la cabeza.
Había ido al súper a comprar un producto que normalmente costaba alrededor de 42 pesos. Nada extraordinario, nada que uno considere un lujo.
Pero este fin de semana se encontró con que el mismo producto estaba en 62 pesos.
Veinte pesos más.
La conversación no necesitó muchas explicaciones.
Bastó ese precio para darse cuenta de algo que todos vamos sintiendo en la vida diaria: el dinero alcanza para menos.
Y no es solamente ese producto.
Es ir por unas cuantas cosas y descubrir que la cuenta subió. Es cargar gasolina y ver cómo se van los billetes o simplemente sentarse a comer fuera y hacer cuentas antes de pedir.
La carestía no siempre llega de golpe. Llega de cinco pesos en cinco pesos, de diez en diez, hasta que un día uno descubre que con el mismo dinero ya no compra lo mismo.
Y ahí aparece también el tema de los apoyos económicos que reciben millones de mexicanos.
Hay quienes los cuestionan y los consideran una forma de clientelismo. Hay quienes los defienden como una obligación del Estado. Pero existe una realidad que también merece ser puesta sobre la mesa: el dinero público no aparece por generación espontánea.
Una parte importante de ese dinero sale de los bolsillos de quienes trabajan, consumen y pagan impuestos todos los días. IVA, ISR, derechos y contribuciones.
Por eso, para muchas personas que reciben un apoyo, más que sentirse como un regalo puede representar una pequeña devolución de aquello que durante años han aportado al Estado.
Eso tampoco significa que los programas sociales estén por encima de cualquier crítica. Una cosa es ayudar a la gente y otra utilizar la necesidad como herramienta política. La diferencia está en que el apoyo llegue como un derecho y no como una dádiva que genere agradecimiento electoral.
Mientras tanto, la vida sigue.
Por eso aquella conversación sobre un producto que pasó de 42 a 62 pesos termina siendo mucho más que una anécdota.
Es una pequeña fotografía de lo que ocurre cuando el dinero empieza a rendir menos.
Y quizá ahí está la parte más humana de todo esto: al ciudadano común no le interesa demasiado cómo se llama el fenómeno económico.
Le importa que alcance.
Que después de pagar todo quede algo para vivir.
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