El día en que el viento cambia de rumbo

Víctor Hugo Martínez

A las 18:06 horas de hoy, el calendario marcará el inicio formal del otoño en México. 

Sin embargo, el verdadero cambio no ocurre en los relojes ni en los boletines astronómicos, sino en la sutil mutación de la rutina diaria. 

Hay un instante impreciso en la tarde donde la luz se vuelve más dorada, casi nostálgica, y el aire, antes pesado por el letargo del verano, recupera un frescor que invita a respirar hondo.

El otoño es una estación de contrastes.

Para algunos, la llegada de los primeros vientos y el paulatino declive de las tardes trae consigo una melancolía inevitable. 

Es el recordatorio visual de que el año empieza a desnudarse; las hojas que caen y cambian de color tiñen las aceras de un misticismo que invita a la introspección, al abrigo y al recuerdo. 

Para otros, en cambio, este clima es una tregua bendita. Tras meses de un calor asfixiante que agota el cuerpo, el descenso del termómetro se recibe con un alivio colectivo. 

Las calles se vuelven más amenas, las caminatas se prolongan y el ánimo general se aligera, envuelto en una atmósfera mucho más dócil y disfrutable.

Por supuesto, la transición no es lineal. 

En nuestras latitudes, el otoño suele jugar al escondite, regalándonos mañanas amables intercaladas con repentinos picos de temperatura que nos devuelven de golpe al bochorno del verano. Pero el rumbo ya está trazado. 

La visión del mundo cambia cuando el entorno se transforma. 

Hoy, mientras el Sol se alinea con el ecuador celeste, la vida urbana parece desacelerar un poco. 

Y quizá esa sea la verdadera ceremonia del otoño: no la que marca un calendario, sino la que ocurre silenciosamente cuando el mundo cambia de luz y nosotros, sin darnos cuenta, empezamos también a cambiar con él.

Porque cada hoja que cae, cada tarde que se acorta y cada viento que llega trae consigo la misma antigua certeza: el tiempo no se detiene, solamente cambia de estación.

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