Eje Sur/Víctor Hugo Martínez
En la política mexicana nada envejece más rápido que los rituales del poder.
Y uno de los más persistentes —y emblemáticos— es el llamado “besamanos”, disfrazado hoy bajo el nombre más diplomático de “salutación”.
En los tiempos de la autodenominada transformación, el “no somos iguales” se desvanece cada vez que el poder se asoma al espejo.
El discurso regenerador se diluye cuando las formas viejas se imponen, y los nuevos rostros repiten las mismas coreografías del pasado.
Este miércoles, la alcaldesa de Tampico, Mónica Villarreal Anaya, recibió en la Sala de Cabildo a la mayoría morenista que mangonea el Congreso del Estado, y quienes precisamente hoy —ya con el bloque de legisladores panistas y otros— realizarán una sesión pública legislativa en las instalaciones del Centro de Convenciones.
Seguramente la rancia simulación de la salutación es una costumbre anquilosada en los legisladores morenistas, pues la mayoría —incluida la presidenta porteña— tienen en su ADN político al Partido Revolucionario Institucional (PRI), del cual fueron, según ellos, purificados con las aguas de la cuatroté.
El término “besamanos” en la política mexicana alude tanto a un saludo de respeto tradicional como a una metáfora de sumisión y culto a la personalidad en la vida pública actual. Hoy es un espejo de la dependencia política, del aplauso mecánico y del servilismo disfrazado de lealtad.
Se ha transformado en un ritual de obediencia, donde los actores públicos buscan reflejarse en el poder del líder, no en la fuerza de las instituciones. En lugar de promover el debate y la crítica —sustancia vital de toda democracia—, el besamanos moderno eleva a los políticos sobre las causas, y a las causas las relega al rincón del discurso.
No importa si se le llama salutación o reunión de cortesía: el fondo sigue siendo el mismo. Lo que se pretende como acto protocolario, en realidad exhibe el desequilibrio entre representantes y representados, entre quienes deberían rendir cuentas y quienes deberían exigirlas.
Porque en política, la purificación no borra el pasado: solo lo maquilla de nuevo color.
Y en la medida en que la sociedad normalice esos gestos, también participará del rito. Cada aplauso sin cuestionamiento, cada silencio complaciente, cada selfie con el poder, alimenta ese viejo ciclo que mantiene viva la cultura del sometimiento.
Quizá haya llegado el momento de dejar de extender la mano… y empezar, de una vez por todas, a levantar la voz.
